El espejo me advirtió de esos labios cuarteados y gruesos como almohadas. Unos labios de cera que, al abrirse, bien podrían romperse en mil salivas. Los labios más bellos de toda mi taxivida.
Quería ver esos labios en acción y entonces comencé una de tantas conversaciones livianas, y los labios se movieron a diestro (y siniestro), y detrás de ellos, la elegancia de aquellos dientes barnizados acabaron siendo muros inaccesibles a su inocuo mundo interior.
La portadora de tal belleza dinámica resultó ser cajera en un supermercado, y madre soltera de un prepúber que sólo por heredar esos genes labiales ya merecía mi total devoción.
Y tras toda aquella explosión de pureza febril, me paga y se marcha. Ella me paga a mí. No entiendo nada.
(…y después de experiencias como esta, algunos ingratos continúan criticando nuestra profesión…)