Aquella mujer (unos 65 años) me tendió un papel donde aparecía la dirección de marras.
- Es un colegio para adultos - me dijo -. Estoy aprendiendo a leer y a escribir. También a echar cuentas. Lo más difícil son las divisiones, porque multiplicar me se da muy bien, pero dividir… me se atraviesa eso de dividir…
- ¿No sabría leerme la dirección del papel?.
- Espere, que me pongo las gafas…
Aprovechamos un semáforo para leer, sílaba tras sílaba, la calle escrita. La mujer ponía un interés metódico cual infante de primera comunión.
- Ar… cos… de… Ja… lón. ¿Arcos de Jalón?.
- Perfecto. Se lo agradezco, porque no sé leer - dije, y nos reímos.
Me contó que comenzó a trabajar con 13 años en el campo, en Jaén. Y desde entonces, entre las jornadas de sol a sol, cinco hijos que llegaron después y luego los nietos, no había tenido tiempo para estudiar.
Al llegar a la escuela me confesó que siempre que entraba por aquella puerta se ponía nerviosa. Todos los viernes, a su edad, y temblando.