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Autopsia de una jornada
Tuesday 5 September 2006 [0:48]

desde mis ojos   Relación de seres abducidos por el asiento de atrás de mi taxi, por órden cronológico, desde la mañana a la noche de ayer:

   Hombre de mediana edad que al montarse me pide sintonizar los servicios informativos de la Cope mientras atiende una llamada en euskera (lo juro); dos becarias de una entidad bancaria discutiendo por sus turnos de desayuno hasta que una de ellas, enfadada con la otra, se ha bajado casi en marcha; una mujer de más de doscientos años que ha tardado otros cien en subirse y otros cien en bajarse para un trayecto de apenas un par de manzanas (ya hablaré del tema “dilemas geriátricos” en otro momento); un hombre de prominente bigote alardeando de la velocidad de crucero de su sofisticadissssimo Audi A-6 a modo de enlace con el recurrido carnet por puntos (también hablaré largo y tendido acerca de la opinión del respetable al respecto); otro vejete, esta vez encantador, que me ha ilustrado con la historia de cada calle por la que pasábamos (la relación de las calles del barrio de Salamanca con personajes bélicos y rancios me inquieta); un grupo de tres jóvenes tirando a frikis buscando localizaciones para un cortometraje (hemos culminado el viaje en la plaza de Santo Domingo); un ecuatoriano borracho y feliz, a su manera (eran las 4 de la tarde); una mujer que hablaba por el móvil con el novio con una dulzura que para nada correspondía con la realidad; otra mujer extrañísima que me miraba desorbitada a través del espejo retrovisor sin decir ni una palabra; una colombiana que desde la calle Miguel Angel me ha llevado a un pueblecito de Albacete (no es habitual, os lo aseguro) y al buscar el lugar en cuestión ha resultado ser un Club de carretera y ella, por tanto, una Magdalena (o al menos eso he supuesto aunque puedo haberme equivocado). Algún día hablaré también de la curiosa relación entre las Magdalenas y los taxistas; por último, un chico jóven que llegaba tarde a su turno de noche en una empresa de Tres Cantos, de esos que te hablan abrazados al asiento del copiloto, inclinando la cabeza hacia mi oreja derecha, hablándome a toda prisa para que le diera tiempo a contarme toda su historia (celos de su parienta incluídos). Todos los demás, no muchos, ni siquiera los recuerdo. De hecho, perfectamente podrían haber sido absorvidos por la tapicería del asiento trasero sin darme cuenta. Somos nadie.





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