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El cambio dogmático
Wednesday 15 November 2006 [21:24]

ese miedo perenne   Por primera vez en mi taxivida los usuarios no se alegran del buen tiempo. Mes de Noviembre, sol y una temperatura diurna más que agradable.
   Por primera vez oigo lo del “cambio climático” repetidas veces. Y los clientes deducen que esta temperatura a estas alturas no es normal, que ya no existen estaciones intermedias, que tras varios meses de sequía el ingrato cielo nos lanza una lluvia que dura una semana entera, y luego la luz, y el sol, y una primavera precoz y promiscua.
   Por primera vez oigo la palabra “deshielo”, y la palabra “ecosistema”, y me invade un taximiedo tardío, pero prudente.

   Tendemos a quejarnos demasiado, pero demasiado tarde, cuando el daño ya está hecho (y deshecho). No le damos  importancia a las “previsiones”, tanto ecológicas como socio-políticas. Ahora lanzamos sapos (y culebras) contra el insostenible precio de la vivienda (para los compradores, claro), cuando esto viene de lejos; cuando hace tiempo que escuchamos con estupor los Giles y diretes de una sociedad amoral pero socialmente
asentadísima y reconocidísima gracias al bombardeo rosa del Dios Zapping. Ahora entendemos que todas esas atrocidades medioambientales de los últimos años no llegarán a una futura tercera generación; ni siquiera a una segunda. 
   Y nuestros hijos vivirán bajo un cielo cuyo color será decidido por el decorador de interiores de Palacio.

   Y acabaremos siendo quienes sostienen la diana de decisiones a corto plazo. Y rezaremos para que nuestros dueños no sufran de Parkinson.

 





…y tu luna, y mis cráteres (…)
Tuesday 14 November 2006 [19:20]

así somos   – Les admiro, de veras.
   – ¿A quienes?.
   – A ustedes, los taxistas.
   – ¿Y por qué no se hace usted taxista?.
   – No sería capaz.
   – ¿No sería capaz de admirarse a sí mismo?.
   – (…).

  





Las vueltas que da la vida
Monday 13 November 2006 [21:02]

ella y yo   Tan sólo el Dios de los Taxímetros y yo fuimos testigos de la peazo vuelta que me hizo dar aquella mujer. Según los datos introducidos, el GPS me indicaba un itinerario cuanto menos razonable (no siempre hay que fiarse de esos chismes) con el único e inocuo inconveniente de culminar el servicio al otro lado de la acera. Sin embargo, al girar por Francisco Silvela para tomar Príncipe de Vergara hasta Ortega y Gasset (el destino de marras) la mujer me dijo algo así como “¿no pretenderá dejarme enfrente, verdad?; haga el favor de dar la vuelta y bajar por María de Molina hasta Serrano“. Para el profano en materia de calles, lo diré de otro modo: una vuelta de la hostia. Concretamente el trayecto se alargó más de kilómetro y medio, lo que traducido en tráfico supuso una demora de diez minutos. 
   Una vez expuestos los hechos procederé a enumerar los supuestos motivos pautados en la actitud de aquella mujer:

   1.- Me sobra el dinero.
   2.- Me sobra el tiempo.
   3.- Sumatorio de los dos primeros puntos.

   A lo cual se podría añadir un tercero: Nací cansada, estoy cansada y moriré cansada. Pero teniendo en cuenta el punto de partida (la inmensa Terminal 4 de Barajas), habría que descartarlo, ya que ni llegó en silla de ruedas, ni la parada de taxis se encontraba en las escaleras de SU avión precisamente.
   Adjunto otros datos de interés: mujer de 40 (me refiero a los años, no al cociente), complexión delgada, de aspecto sano y bien parecida.
   Al llegar a la PUERTA de su casa, tras un tráfico infernal (María de Molina sabe de lo que hablo), compruebo que efectivamente se encuentra junto a un paso de peatones; haber parado al otro lado de la calle habría supuesto no más de 15 pasos adicionales (17 si son cortos).

   Nota: La fotografía que adjunto forma parte de mi propia fantasía para con esa mujer. La mano es mía.





Escribo mi historia sobre un papel prestado
Sunday 12 November 2006 [22:41]

el bucle de la personalidad   A medida que los clientes se suceden me doy cuenta del milagro de la personalidad; somos lo que vemos, una especie de puzzle de imágenes, de conversaciones, de sensaciones superpuestas y bien masticadas para ahorrar espacio dentro. No estoy seguro si el paso del tiempo, con sus experiencias, me hace ser mejor persona; tan sólo puedo asegurar que soy MAS persona, porque la suma de influencias supone también la suma de ladrillos apilados que fortifican el alma. Y esas referencias que todos hemos tenido de niños (aquel profesor del instituto cuyo encanto docente te condicionó en tu futuro profesional, o ese tío hippie cuya influencia te llevó a recopilar la discografía completa de los Rolling), esas personas capaces de crear precedentes en tu personalidad, se suceden cada día en mi taxi. Envidio ciertos rasgos de cada uno de ellos, pero sin embargo, no me cambiaría por nadie de este mundo (ni mucho menos del otro).
   Esta misma tarde se ha montado un hombre de personalidad tan maleable que por un momento llegué a confundirle con la tapicería del sillón trasero. Al decirme el destino le propuse un itinerario concreto y me dijo que le parecía bien, pero luego reparé en un trayecto mejor, más corto; se lo comenté y le pareció bien. Al toparnos con una calle cortada le propuse un nuevo itinerario, y le pareció bien. Le dejé en la acera contraria al portal indicado y le pareció bien. Me tendió un billete demasiado grande y le dije que no admitimos billetes de un valor superior a 20 € y le pareció bien.
   Pero al bajarse y cruzar la calle me di cuenta que lo suyo no era un problema de falta de personalidad. Más bien se trataba de un conformista feliz, o mejor aun, de alguien con tantas cosas en la cabeza que no le prestaba importancia alguna a banalidades como la elección del itinerario, mi ventanilla bajada pese al frío o la cuantía del billete utilizado para pagarme. Y esta conclusión me hizo incluir la pieza de su presencia en el cada vez más completo puzzle de mi personalidad. Un puzzle que, por otra parte, carece de contorno.
  





Vidas de penúltima generación
Friday 10 November 2006 [14:32]

penúltima generación   Al subirse aquel hombre me dio la impresión de encontrarme con la copia de otra copia de otra copia, como si la vida fuera un círculo dinámico centrifugando. Y sólo abría la boca para echarse flores; si hacía un comentario de mi GPS era para luego enlazarlo con el de su BMW, insertado en el salpicadero, que le indicaba a tiempo real la fecha del cumpleaños del Guardia Civil apostado en el próximo cruce, o el valor relativo de su ego (en grados Fahrenheit).
   Y una cosa lleva a la otra y entonces, hablando del tiempo, le cuento mi última estancia en Levante y él lo solapa con su viaje por las Islas Flipis. Y todo esto mientras juguetea con su teléfono de ultimísima generación (7G por lo menos).
   Me pide que le disculpe un momento, que tiene una llamada (no he oído el timbre, pero puede que megavibre en silencio) y contesta a su interlocutor engolando la voz al decir palabras como golf, o club.
   
Nada más lejos de la realidad. La historia de este superhombre pega un giro espectacular cuando, mientras parece estar hablando, comienza a sonar DE VERDAD su móvil, con uno de esos sonitonos techno de feria. Destapado el pastel (no puede sonar el teléfono mientras está ocupado) finge decirle a su interlocutor fantasma que tiene otra llamada en espera (JA!), le da a un botón y contesta, cambiando por completo el tono de su voz. Es su madre.
   Habla con ella en voz baja, para que yo no me entere de la conversación, pero no sabe que mi dentista me insertó un bloototh en un empaste, y me entero de todo: “llegaré en cinco minutos, mami, ¿ya tienes la comidita preparada?”. En fin…  
   Al colgar y pagarme, me tendió un billete de 5 € a la voz de “quédese con las vueltas” (gracias por esos 10 céntimos, campeón).

   Y creo que ese hombre, interpretando el falso papel del extrarradio venido a más, en el fondo es feliz; y si para alcanzar la plenitud hace falta simular una llamada para que la otra persona vea su estupendo teléfono, me parece genial. Y si él le sonríe a esa vida de cartón, yo más.

     





Como quien se alimenta de charcos
Wednesday 8 November 2006 [12:03]

lo que hace la sed   No estamos preparados para la lluvia porque no podemos entender que algo caiga del cielo sin nuestro permiso, y nos empape, y nos rompa el diseño de un peinado perfecto o de unos zapatos fuera de temporada. Madrid se muestra impotente cada vez que llueve. Las alcantarillas se declaran en huelga por sobredosis de gula y entonces se forman charcos y los túneles que inauguraron hace un par de horas cierran al tráfico por pura impotencia húmeda, y los coches se multiplican por miles (parece que el agua potencia el milagro de los panes y los Mercedes), y el tráfico se hace insoportable, y las escobillas del parabrisas prefieren cualquier Guantánamo mientras ese obrero de la M-30, bajo cientos de litros de agua disfrazada de hilos gruesos te mira con ojos de sed, temblando no de frío, ni de miedo, sino de nostalgia por un futuro que nunca existió.
   Y los clientes se montan porque tienen que disimular su desidia, porque la lluvia les carga las pilas de agua con el único deseo de llegar a casa, triunfadores, con el zapping como última meta del día. Nos volvemos vulnerables pero disimulamos muy bien. Cuando llueve todo el mundo actúa en lo que acaba siendo la función de su vida.

   Y abrir el paraguas no es más que un corte de mangas al cielo, que nos mira desde arriba, con la superioridad de un ciego.

   Y que viva la lluvia, aunque pierda.

 





Huelgas nada creativas
Tuesday 7 November 2006 [13:09]

para los empresarios de turno   La mayor parte del tiempo, de nuestro tiempo, nos sentimos plenos y orgullosos de pertenecer a un Estado democrático, en el que la libertad de expresión, el derecho a huelga, y la posibilidad de manifestar tus reivindicaciones con total libertad está a la orden del día (si no pregunten a la AVT, que le ha cogido el gustillo a eso de manifestarse en busca de la verdad del 11-M, cuando todo el mundo sabe que el cerebro de los atentados fue Javier Gurruchaga).
   Los sindicatos piden mejoras para ciertos sectores. Primero fueron los pilotos (¿a quién no le jodería ganar 18.000 € mensuales por trabajar 20 horas a la semana?), luego los trabajadores de Aena en el Aeropuerto de Barcelona, los trabajadores del Metro, y por último, los empleados de las gasolineras. No pongo en duda la precariedad laboral de los mismos (¿y quién no se encuentra en una situación salarial injusta?); malas condiciones económicas, noches y fines de semana mal remunerados, etc. pese a que el precio de los combustibles se encuentran más altos que nunca (y seguirán subiendo).
   Anoche, gracias a la psicosis de esa inminente huelga, guardé cola en la gasolinera de turno durante más de 50 minutos, con el miedo en el cuerpo porque me acercaba a las 12 de la noche y aun quedaban 15 ó 20 coches por repostar.
   Querido sector de la manguera, querido sector de los transportes, querido sector aeroportuario: los verdaderos perjudicados de sus huelgas siempre somos los mismos. Y no por cerrar las gasolineras durante un par de días los usuarios dejarán de usar sus coches, lo que no supondrá perjuicio alguno para sus patronos.

   Para el taxista no existen huelgas, porque nuestros sueldos dependen del trabajo de cada día. No nos lo podemos permitir. Y os puedo asegurar que tenemos motivos de sobra (atascos, obras caóticas, carriles Bus-Taxi que nadie respeta, el precio del combustible, el carnet por puntos, la inseguridad, etc). En TODOS los sectores hay motivos para la huelga, motivos sobrados y justificadísimos. 

   Creo en el derecho a huelga, siempre que ésta perjudique a los aludidos, y no a los usuarios. Boikoteen a sus representantes, a sus gestores, al de chaqueta y corbata, pero no nos jodan a los demás. Yo no tengo por qué sufrir 50 minutos en una gasolinera por culpa de algo que no me compete en absoluto, aunque la cola que mi taxi secunda, a bulto, obligue a solidarizarme con la causa.

   Los japoneses hacen huelgas de superproducción. Eso SI que le jode al empresario, SOLO al empresario. Pero esto es España cañí, claro.

   Y dejemos de pensar con los pies.





No somos ni Romeo ni Julieta
Monday 6 November 2006 [14:29]

escribidme Cuando comienzas el día en el Aeropuerto y te encuentras a Karina montando en el taxi anterior al tuyo (y no en el tuyo) te das cuenta que la vida te sonríe. Y puede que si se hubiera montado en el mío, al pagarme, revolviendo su bolso, me hubiera cantado: “buscando en el baúl de los recuerdos, uhuuu“. Pero en lugar de eso se montó un hombre bonachón que hablaba por los codos de política, pero sin mojarse, con toda la diplomacia del mundo, como a mí me gusta.
Y al entrar en la prolongación de O´Donnell, en ese semáforo infernal que siempre forma grandes atascos, nos detenemos tras una larguísima fila y vemos, con más sorpresa que miedo, cómo un grupo de chavales (por su aspecto de Europa del Este) corren por entre los coches asomándose a cada ventanilla en busca del botín de marras (bolsos, maletines, etc). Actuaban de un modo rápido y organizado (tres chavales por cada fila de coches, cual gacelas, valiéndose de su minoría de edad para saltarse la ley sin pértiga). Trataron de abrir el taxi (el hombre portaba un maletín bastante jugoso) pero yo fui más rápido y eché el seguro. Al abrirse el semáforo y continuar la marcha el hombre retomó la conversación política como si no hubiera pasado nada. La costumbre, por muy dura que sea, nos hace inmunes.

Por la tarde una mujer mayor me dijo que ella siempre votaba al PP (“me da igual lo que hagan. Yo siempre les voto”). Ese comentario me estremeció. Cada cual que vote a quien quiera, faltaría más, pero que alguien lo haga por pura inercia demuestra que esta democracia tiene el páncreas bien jodido. Se bajó en el Casino de Torrelodones.

A última hora subió un personaje bien conocido aunque no recuerdo su nombre, y como no me ayudéis sufriré de insomnio hasta dar con ello. Os doy datos: Español, delgado, gafas, pelo cano, laceo. Hace tiempo era uno de los tertulianos políticos estrella de diversos programas (fundamentalmente en Tele 5). Hablaba muy bien, con muchos recursos (creo que era abogado de profesión). Si podéis ayudarme y decirme su nombre me quitaréis un gran peso de encima. El primero que responda recibirá como regalo los grandes éxitos de Karina (si es que existen). Muchas gracias.





Un mexicano y el jamón culto
Sunday 5 November 2006 [15:42]

hay ofertas muy tentadoras   Me contó todo aquello durante el trayecto entre el hotel Wellington y el Restaurante Botín. Mucho mejor que cualquier monologuista al uso, el Mexicano se arrancó, con la sonrisa en la boca:
   “Ayer mismo fui al Museo del Jamón a comprar uno bueno, bueno, para llevármelo a mi país, pero claro… no tenía mucha idea. Le pregunté de todo al hombre que me atendió: Que cuál era la diferencia entre unos jamones y otros, que qué comían los cerdos, que cómo sabía yo si lo de la pata negra no estaba en realidad pintada… media hora después me decidí, y le pregunté al tipo si vendían también cuchillos especiales para cortar jamón, a lo que me contestó: -si vendiera cuchillos ya habría utilizado uno contra usted -, ¡qué gracioso, el tipo”.
   “Al salir del Museo del Jamón, como no tenía planes, paseé al jamón por todo el centro de Madrid, Gran Vía arriba… Gran Vía abajo… Puerta del Sol, calle Mayor, con ese cadáver mutilado al hombro (ya me podría haber regalado el comerciante un carrito), y te juro que hablaba con él, con el jamón digo; le hablaba en voz baja para que nadie me tomara por loco; le contaba el nombre de todas las calles por las que pasábamos, como pensando que cuantas más experiencias tuviera el jamón, más rico sabría, ya sabes, como quien le habla a las plantas para que crezcan más vigorosas”.
   “El problema es que le he tomado cariño, y ahora no podré comérmelo”.
   -  Al contrario – le interrumpo -; tiene que comérselo de inmediato. Ese jamón sabe demasiado”.





Con los pelos del alma de punta
Friday 3 November 2006 [21:26]

si se lo pregunta el Times...   Algunas veces pienso que el mundo es una bola gastada y pulida como el cráneo de un leproso; y sus habitantes una especie de accidente premeditado, moldeados por las manos de un enfermo de Párkinson. A los hechos me remito.

   Calle Arturo Soria. Una mujer muy elegante, de unos cincuenta años bien llevados, me para a la altura de una clínica privada. Al indicarme el destino me doy cuenta que sus ojos están húmedos, rojos, que no terminan de arrancar por pura educación. En el próximo semáforo en rojo, me doy la vuelta y pregunto.
   – Disculpe… ¿tiene algún problema?.
   Y entonces rompe a llorar, sin ese pudor que antes la retenía. Y entre sollozos me cuenta que le acaban de dar los resultados de unas pruebas. Tiene cáncer de mama, bastante avanzado, lo suficiente para no hacer demasiados planes de futuro. Silencio.
   – Si puedo hacer algo por usted…
   Me cuenta que es argentina, que pertenece a una familia muy respetable de Buenos Aires. Para no despertar rumores de su posible enfermedad decidió hacerse las pruebas en Madrid. Ahora toda su familia y sus amigos se encuentran allá; ha viajado sola con la excusa de visitar a unos viejos amigos.
   – Lo peor de todo es que no puedo decir nada. Nadie puede saberlo. Me moriría si les viera sufrir. Mi marido es una persona muy influyente en Argentina, y ya sabes cómo funcionan esas cosas, los chismes, los rumores… se extienden más rápido que… un tumor.
   Al llegar a su destino pensé que sería buena idea tomarme un café con ella, para que3 se tranquilizara, para que encontrara un pequeño vínculo miles de kilómetros más cerca, y así se lo propuse, y ella accedió. Acudimos a una cafetería cercana, con el taxi en doble fila.
   Ella pidió una infusión.

 





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