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El conductor de la línea 27
Tuesday 27 March 2007 [16:38]

rostro pálido   Cuando las grandes ciudades son asumidas como enfermedades endógenas, sus habitantes se convierten en víctimas de su propia desidia.
 
   Y lo demuestran al volante: conducir supone atravesar la línea divisoria de sus propios límites, dejarse violar por cada bajo instinto, mostrar su conducta más agresiva (odio, ira, colapso mental, esquizofrenia asfáltica), dejando así en evidencia al Doctor Jekyll (escondido bajo la cama de Mr. Hyde).

   Algunos desayunan mojando sapos y culebras en su café con leche, y al ponerse al volante: arrancan, aceleran y odian al mismo tiempo. Se cruzan en tu camino, frenas, vomitan claxon y escupen a través de sus poros palabras que son asteriscos sin traducción posible.

   Odian al taxista, al mensajero, al Agente de Movilidad, al Alcalde, al conductor de la línea 27, al capo de habano en boca en su berlina encerada, a la mujer por ser mujer y al novato por ser novato. Odian a esa mancha de café con leche (y sapos y culebras) de su camisa, y a su jefe y al portero de su finca (al físico y al automático).

   Y ahora, en los semáforos, agacho la cabeza para no cruzarme con esas miradas que odian y matan sin conocerte de nada.

   … 

   [¿Se puede vivir en una gran ciudad sin conocer palabras como Trankimazin, Orfidal, Lexatin, Transilium, Valium, Librium...?]





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